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El castigo no es (o no debería ser) una venganza

A menudo los padres, los educadores, nos planteamos cómo reconducir ciertos comportamientos de nuestros hijos, sobre todo aquellas conductas que son más disruptivas y que producen una mayor incomodidad social y familiar.

Dentro de estos comportamientos, y dependiendo de la edad, se incluyen por ejemplo, los gritos, los insultos o golpes a un hermano, desatender sus obligaciones en las tareas de la casa, saltarse los horarios de llegada a casa establecidos por los padres, desafiar la autoridad de los mismos…

Existen diversas formas para lograr que un comportamiento desaparezca o disminuya. A través de la extinción, el control estimular, coste de respuesta, tiempos fuera y un amplio abanico de técnicas en las que no vamos a entrar.

Hablaremos de modo general y coloquial de lo que todo el mundo entiende que sirve para eliminar los comportamientos que no queremos que nuestros hijos realicen, el castigo.

Hay preguntas que muchos padres se hacen al respecto:

  • ¿Tengo que castigar a mi hijo cuando hace las cosas mal?
  • ¿Si le castigo le haré sufrir y le crearé un trauma?
  • ¿Cómo le castigo?
  • ¿Cuándo le castigo?

Es cierto que la palabra “castigo” tiene cierta mala prensa, una connotación negativa que asusta a algunas personas y hace que, solamente por ello, no lo utilicen. Se sienten culpables si castigan.

Sin embargo, si hacemos el experimento de cambiar “castigar” por “asumir consecuencias y/o responsabilidades”, la cosa cambia y mucho. Las preguntas antes formuladas quedarían de este modo:

  • ¿Tiene mi hijo que asumir consecuencias cuando hace las cosas mal?
  • ¿Si le hago asumir responsabilidades le haré sufrir y le crearé un trauma?
  • ¿Ante qué comportamientos mi hijo ha de asumir consecuencias?

De este modo, habría que decir que, claramente, la respuesta a la primera pregunta, es SÍ, mientras que la respuesta a la segunda pregunta es, claramente, NO. Y aquí es donde trataremos de enlazar con el título del artículo.

El deber de los padres, de los educadores, con sus hijos o educandos, es que aprendan lo que está bien y lo que está mal, lo que es deseable hacer y lo que supone una conducta negativa o intolerable que no es personal ni socialmente aceptada. Y es aquí donde entran en juego los castigos o, lo que es lo mismo, la asunción de responsabilidades.

Si queremos enseñar a nuestros hijos que hay comportamientos que no están bien, habrá que reseñárselo cuando los cometen, educando en responsabilidad, explicando lo que no se puede y por qué, y explicando el comportamiento alternativo y por qué este es beneficioso y tolerable.

Sin embargo, en ocasiones, cuando a pesar de todo esto, nuestro hijo sigue sin querer dejar de pegar, de escupir, de insultar, de patalear, u otras conductas del estilo, también hay que castigar.

El niño ha de entender que hay conductas que no son tolerables y que, por ello, son penalizadas.

Sin embargo, hay que hacer mucho hincapié en cómo se castiga. El castigo no es una venganza.

Por lo tanto, no deberíamos castigar a través de la agresividad, ya sea física o verbal. Esto no ayuda al niño a comprender que lo que ha hecho está mal, sino que lo que entiende es que es malo como persona, y, como tal, es maltratado, afectando negativamente a su autoestima y aprendiendo, por el contrario, formas agresivas de comportamiento que podrá utilizar en un futuro.

Genera además rabia y dificultades para su propio autocontrol, al sentirse muy herido por la agresión sufrida.

Cuando se castiga hay que explicar por qué se castiga y aplicar el mismo. Pero debe de quedar muy claro que lo que se castiga es la emisión de dichos comportamientos, no se castiga a la persona por ser como es. No hay que retirar el afecto a los hijos después de sus malos comportamientos. Como padres, te puedes enfadar y hacer saber a tu hijo que estás molesto por lo que ha hecho. Pero tu hijo no puede sentir que le castigas como persona, no puede sentir que no es digno de tu amor o que merece que le dejen de hablar, le insulten o incluso le peguen.

Porque esto, no es castigar, es venganza.

Si queremos que nuestros hijos crezcan en la confianza hacia sí mismos y hacia los demás y aprendan a ser buenas personas, démosles todo el cariño posible, hagámosles sentirse dignos y confiados, castiguémosles cuando sea necesario, pero nunca, nunca, les retiremos nuestro amor.

Eduardo Atarés Pinilla

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Eduardo Atarés Pinilla

Licenciado en Psicología por la Universidad Pontificia de Comillas (1998) y Máster en Psicología Clínica y de la Salud por la Universidad Complutense de Madrid (2000).
Experto en Psicoterapia y Certificado Europeo en Psicología por la European Federation of Professional Psychologists´s (EFPA).
Miembro de SEVIFIP (Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental ).
Psicólogo con más de 15 años de práctica en el tratamiento de adolescentes conflictivos es Director del Centro Terapéutico Residencial Campus Unidos, perteneciente al Programa recURRA-GINSO desde el año 2011.
Imparte clases en el Máster de Psicología General Sanitaria de la Universidad Camilo José Cela.

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