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TDAH y moda

Las  modas son efímeras, ¿o no?

Hay modas que llegan a nuestras vidas y, tras permanecer cierto tiempo en ellas, desaparecen, a veces casi sin dejar rastro, como ocurrió con la minifalda o el pantalón acampanado. Existen otras que, una vez incorporadas a nuestras costumbres, resulta más complicado saber si serán pasajeras (como la de un Papá Noel trepando por las fachadas de nuestras casas en Navidad) o pueden haberse instalado de manera más definitiva en nuestras tradiciones. La celebración de la fiesta de Halloween podría ser un ejemplo en este caso. El gusto por la novedad, nuestro carácter gregario y las técnicas de mercado imponen o producen estos fenómenos en nuestras vidas, inofensivos en principio para nuestra salud.

No puede decirse lo mismo del bronceado, que tras décadas de loco frenesí colectivo por lucir un tostado epidérmico que (arrugas aparte) parecía siempre querer superar al de pescadores y campesinos, inició una decadencia en proporción directa a la toma de conciencia de los graves problemas dermatológicos que acarreaba.

¿Es el TDAH una moda?

Quienes nos dedicamos profesionalmente a trabajar en problemas de salud mental con adolescentes, encontramos en el Trastorno por hiperactividad y déficit de atención (TDAH) un buen ejemplo ilustrativo de esta compleja relación entre salud y moda, con aspectos ciertamente turbios en este caso.

Existen otros muchos ejemplos en medicina y particularmente en psiquiatría, probablemente la disciplina médica (o con pretensiones científicas) más sujeta a los dictámenes de la moda. Uno de ellos, el Autismo, ha multiplicado de manera increíblemente exponencial su tasa de incidencia en los últimos quince o veinte años (en EEUU, hasta 20 veces más). Y el Trastorno Bipolar infantil, una verdadera rareza hasta los años noventa del siglo pasado, llegó a convertirse en una filigrana diagnóstica que multiplicó su incidencia por cuarenta. Sí, por cuarenta. Bien es cierto que esta vergonzosa burbuja diagnóstica ha comenzado a ser denunciada recientemente por algunos psiquiatras, que, como el Dr. Allen Frances, máximo responsable de la redacción del DSMIV, se muestran como auténticos “arrepentidos” por haber funcionado como colaboradores necesarios en su génesis y desarrollo.

El diagnóstico

El TDAH es un diagnóstico psiquiátrico (un constructo, como todos los diagnósticos, cuya validez no vamos a discutir ahora) que adquiere carta de naturaleza en 1980, con la publicación de la tercera edición del manual diagnóstico psiquiátrico más influyente en el mundo. Sobre un problema conductual de escasa prevalencia, aunque prefigurado desde hace siglos en la literatura de ficción y reconocido ya en el siglo XX en la específica (con diversos nombres, como disfunción cerebral mínima, etc.), se desarrolla un auténtico fenómeno de expansión diagnóstica de carácter eminentemente mercadotécnico.

Al margen de los profesionales de la salud, lógicamente obligados –desde nuestra debilidad epistemológica– a manejarnos en una jungla de documentación e información científica, pseudocientífica, muchas veces directamente publicitaria, para estar algo más que familiarizados con este problema, ¿qué padre, madre, profesor, educador, etc., no ha escuchado alguna vez a estas alturas la palabra “hiperactividad”?

Desde la publicación de la cuarta edición del DSM, los diagnósticos de TDAH en EEUU se han triplicadon y los criterios para realizarlos registrados en la quinta edición de hace tan solo un par de años, son aún más laxos, luego solo cabe esperar un incremento de los etiquetados. En España, el mismo fenómeno resulta evidente y está bien documentado.

La mercadotecnia y el triunfo de la moda

Además de la mencionada evolución de los criterios diagnósticos hacia una mayor laxitud, determinados cambios socioculturales, campañas de detección en el medio escolar, etc., otorgan al fenómeno una omnipresencia abrumadora. Pero, sobre todo –o mejor dicho, detrás de todo–, el enorme poder de la industria farmacéutica, que genera un mensaje polifónico, coral. Incluso para los profesionales más informados e independientes convierte en tarea nada fácil escuchar entre tanto ruido generado, y poder descifrar las claves del problema clínico concreto que se está atendiendo. El efecto de alivio que el etiquetado “TDAH”, realizado con ligereza, puede ejercer inicialmente sobre padres y madres por el hallazgo –sintetizado en unas siglas– de la “explicación de todo lo que viene ocurriendo”, se desvanece en paralelo a la evolución posterior que en esos casos acompañará un juicio clínico inconsistente.

La sensación es que por el momento esta moda ha llegado para quedarse, ha triunfado. Y uno de los efectos colaterales más preocupantes de esta falsa epidemia es la psicofarmacologización de la población infanto-juvenil. La corriente clínica dominante en psiquiatría, fuera y dentro de España, propone como abordaje primero y principal del TDAH el uso de psicofármacos; estos son medicamentos estimulantes y otros de perfil similar (metilfenidato, anfetaminas, atomoxetina). Estos preparados son presentados como un tratamiento eficaz, mantenido en el tiempo, superior a otros abordajes no farmacológicos y con escasos riesgos a corto y largo plazo, recomendando su toma diaria durante largos períodos de tiempo. Sin embargo, aunque estas medicaciones puedan ser útiles en determinado momento, el resto de afirmaciones son más que discutibles.

Un poco de esperanza

Desde sus orígenes, doscientos años atrás, en la historia de la psiquiatría pueden rastrearse multitud de modas o fenómenos como el comentado. Por lo tanto, existen motivos para la esperanza. Aunque minoritarias aún, van en aumento las voces críticas, de investigadores y profesionales de la salud mental independientes, preocupados por achicar al máximo los conflictos de intereses y aplicar un criterio clínico que no esté guiado por la moda. El TDAH es un problema de salud mental. La moda, un fenómeno sociológico, en este caso indeseable.

Para más información sobre nuestros programas con adolescentes, puede visitar Ginso y Programa Recurra-Ginso

Antonio Diéguez

About Antonio Diéguez

Psiquiatra. Con treinta años de experiencia profesional, en los últimos quince ejerce actividad clínica en salud mental infanto-juvenil, en diversos ámbitos asistenciales.

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Psiquiatra. Con treinta años de experiencia profesional, en los últimos quince ejerce actividad clínica en salud mental infanto-juvenil, en diversos ámbitos asistenciales.

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