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Educar: Desproteger sobreprotegiendo

Cómo, cuánto y hasta qué punto debemos educar protegiendo a nuestros hijos.A la hora de educar a nuestros hijos es inevitable que nos surjan millones de dudas. Algo que a priori nos parecía tan sencillo cuando veíamos a los demás hacerlo (y que tantas veces nos hemos permitido cuestionar) de repente se nos hace una tarea inconmensurable, aparecen las dudas y los temores inherentes a una gran responsabilidad.

Algunos tendemos a aplicar a la hora de educar, los patrones aprendidos en nuestra familia, con el planteamiento de que si con nosotros funcionó puede funcionar. Otros tratamos de innovar en algunos aspectos, con la noble intención de poder dar a nuestros hijos aquello que nosotros no tuvimos y que, a día de hoy y desde una visión madura y en retrospectiva, creemos que hubiéramos necesitado. De todos modos, tomemos la dirección que tomemos, lo más probable es que hagamos una mezcla (más o menos consciente) de ambas tendencias.

Cómo, cuánto y hasta qué punto debemos educar protegiendo a nuestros hijos.

Entre todos los aspectos a los que tenemos que poner atención a la hora de educar, el que genera más disparidad es cómo, cuánto y hasta qué punto debemos educar protegiendo a nuestros hijos.

Tras generaciones en las que el modelo educativo predominante se inclinaba a educar con la  idea de que nuestros hijos e hijas tenían que hacerse fuertes y aprender a protegerse a sí mismos desde muy pequeños, bien sea por el momento histórico, el contexto social, la situación familiar u otros factores; entramos en una etapa en la que se pone más atención al cuidado directo de los hijos. En la que se tienen menos hijos y más tarde, buscando el momento adecuado, pero en la que también disponemos de menos tiempo y se implican nuevos factores como las redes sociales.

Los primeros momentos en los que desprotegemos a nuestros hijos es precisamente ese, cuando empezamos a protegerles de más.A la hora de educar en las nuevas tecnologías muchos de nosotros contamos con una desventaja sobre nuestros vástagos y es que nosotros hemos tenido que aprender, algunos con mas soltura que otros, algo con lo que ellos ya han nacido.

La protección en las redes sociales es complicada, y toca límites entre los que muchas veces es difícil discernir, porque… ¿dónde está la línea entre protección e invasión de la intimidad? ¿realmente necesitamos saber todo sobre nuestros hijos? Y si somos sinceros… ¿nuestros padres sabían todo lo qué hacíamos? ¿con quién íbamos? ¿hay pequeños secretos que a día de hoy se descubren a modo de anécdota en las comidas familiares para estupefacción de nuestros progenitores? O incluso, ¿hay cosas que ni a día de hoy, y con la madurez que ostentamos, somos incapaces de confesar?

Además, más allá de las redes hay otros peligros a los que nosotros no nos enfrentamos en su día, como podría ser el aumento de la violencia de las bandas callejeras, y peligros que siempre han estado ahí, como las drogas, la posibilidad de sufrir un robo…

Los padres debemos educar para la prevenir situaciones de riesgo.

Todos estos factores muchas veces escapan absolutamente a nuestro control, y como padres poco más podemos hacer que educar para la prevención, dotando a nuestros hijos de herramientas para resolver determinadas situaciones, y de la seguridad en la relación con nosotros para que podamos ayudarles a resolver aquellas situaciones a las que ellos por sí mismos no llegan. Esto sumado a una conciencia ajustada para saber identificar las situaciones de riesgo son nuestras mejores bazas.

Así planteado suena bien, podría parecer hasta sencillo, pero cuando llega la adolescencia todo da un inexplicable giro. De repente aquel pequeño que al salir del colegio nos contaba con pelos y señales como su amiga Martita le había quitado el muñeco, apenas nos dice con qué compañeros sale, poco a poco se nos vuelve un desconocido y nuestra angustia crece, a veces sin darnos cuenta de que ellos mismos en estos momentos ni se conocen. Tampoco nos terminan de contar qué es lo que hacen, dónde van… quedamos fuera de muchos de sus planes.

Los primeros momentos en los que desprotegemos a nuestros hijos es precisamente ese, cuando empezamos a protegerles de más.

Pero hagamos un alto y vayamos un poco más atrás, al momento en el que se forjan características como la perseverancia, la confianza, el sentimiento de capacidad, la seguridad en el apego con las figuras de referencia… y es que uno de los primeros momentos en los que desprotegemos a nuestros hijos es precisamente ese, cuando empezamos a protegerles de más, cuando no les damos el tiempo suficiente para esforzarse y alcanzar una meta por sí mismos, como puede ser buscar la forma de alcanzar el bote de las galletas cuando aún apenas ni llegan a la encimera, cuando les hacemos los deberes del colegio para asegurarles una buena nota sin darnos cuenta de que así, directamente en su fuero interno, les estamos suspendiendo; cuando vamos corriendo y no tenemos tiempo para darles y que sean ellos los que se abrochen los zapatos; en definitiva ese “deja, que ya lo hago yo” que nos sale ante la impaciencia o el temor a verles fracasar, y que va haciendo mella en ellos no permitiéndoles aprender a frustrarse, a esforzarse y dejándoles el mensaje inconsciente de “papá/mamá no me ve capaz, no soy capaz” que más adelante se puede traducir en el “¿para qué me voy a esforzar si no lo voy a conseguir?”.

Y entonces con la adolescencia llega ese momento, el momento en el que la sensación de incapacidad que les genera ese “ya lo hago yo” desaparece, porque encuentran un medio en el que no podemos hacer las cosas por ellos y comienzan a sentir que son buenos en “la calle”, en la relación con iguales y, en ocasiones, en lo desajustado. Esto sumado a la ampliación del grupo de iguales ya sin el control de los padres es una mezcla peligrosa a la que debemos estar muy atentos.

La falta de reconocimiento dentro de casa y de la escuela, unido a su sentimiento de incapacidad, les empuja al consumo de sustancias.

Durante los años que trabajé en el Centro de Reforma pude ver que un discurso más o menos repetido por los internos durante las intervenciones se centraba en que hacían lo que hacían porque era lo que se les daba bien, y pese a que yo misma veía otras muchas cualidades y potencialidades en ellos, les resultaba muy difícil verlo por ellos mismos. La imagen que se habían creado de ellos mismos era el mayor factor de riesgo con el que contaban. Esto unido a la satisfacción de ser buenos en algo les hacía sentir orgullo.

La falta de reconocimiento dentro de casa y de la escuela, unido a su sentimiento de incapacidad, les empuja al consumo de sustancias.La falta de reconocimiento dentro de casa y de la escuela, unido a su sentimiento de incapacidad en esos ámbitos, les empujaba a salir a la calle para encontrar o bien la evasión de ese malestar a través del consumo de sustancias, o bien tareas en las que sentirse competentes. Y entonces pude ver esa carencia, la falta de aprender para lo que son buenos en casa, en lo cotidiano, con unas expectativas ajustadas a sus capacidades, ya que tan peligroso es poner las expectativas muy altas como muy bajas.

 Por todos es conocido que las personas tenemos muchas maneras de aprender más allá de sentarnos ante un libro, con lo que a la hora de educar debemos tener en cuenta que el ejemplo que vemos en nuestros referentes y nuestros iguales es fundamental, pero también lo es el poder practicarlo.

Hay muchas cosas que sólo se aprenden a través del ensayo/error

 Porque, seamos sinceros, hay muchas cosas que sólo se aprenden a través del ensayo/error, y ahí a los adultos no nos queda más que sentarnos a observar, aportando algún consejo esporádico, mientras nos decimos a nosotros mismos “se va a equivocar, se la va a dar”.

 Y en esta observación que nos hace estar atentos a sus movimientos sin apenas intervenir, prepararnos para la caída, para su caída, que posiblemente nos duela más a nosotros que a ellos. Verles caer, ante sus errores, es posiblemente una de las labores más difíciles a la hora de educar, pero es tan difícil como necesaria. Porque en este ejercicio de paciencia y tolerancia por nuestra parte estamos regalando a nuestros hijos el mayor de los aprendizajes, la experiencia; experiencia que viene acompañada de un inherente ejercicio de responsabilidad que nos ayuda a analizar lo que ha pasado, dónde está el error y a “recalcular ruta” eligiendo nuevas alternativas. A través de estos fracasos también aprendemos a gestionar la tolerancia a la frustración, la tolerancia al propio error y por ende al ajeno, la seguridad de que no pasa nada por caernos, que lo importante es saber levantarnos y otras muchas cosas más.

Estos momentos también son una gran oportunidad para fortalecer la relación con nuestros hijos, para educar en  la seguridad de que no importan los tropiezos, porque siempre estaremos ahí. Educar en La seguridad de que si el obstáculo es demasiado grande pueden contar con nosotros, porque les ayudaremos, no por que creamos en su incapacidad ante el obstáculo, sino porque creemos en su capacidad de aprender con nuestra ayuda y poder sortearlo solos si se lo vuelven a encontrar.

Tenemos que educar generando  confianza en la relación con nosotros a la vez que les ayudamos a aprender a confiar en sí mismos.

Como padres esto también nos acerca a ellos, ya que podremos darnos cuenta de que seguimos siendo necesarios en sus vidas, aunque desde un plano distinto en cada etapa. Porque podremos contemplar sus logros y sus aprendizajes y ver la persona en la que se están convirtiendo, a la vez que vemos retazos del adolescente que fuimos. En resumidas cuentas, podremos educar generando  confianza en la relación con nosotros a la vez que les ayudamos a aprender a confiar en sí mismos.

Y es que es importante que nos sintamos orgullosos de ellos y que ellos lo sepan, pero también es muy importante que aprendan a sentirse orgullosos de sí mismos, que vivan la experiencia de sentir la satisfacción del trabajo bien hecho. Todo esto les facilitará salir a la calle con otra mirada, sobre el exterior y sobre sí mismos, para en la adolescencia empezar a poner en práctica fuera todo lo aprendido dentro.

Cuando las familias llegan al Programa Recurra, la tarea de proteger a la hora de educar es en la que han encontrado más dificultades, en las que han puesto más esfuerzo y empleado más estrategias, pero con un resultado que poco tiene que ver con el deseado. Es por ello, que analizamos con ellos qué pasó, qué funcionó, qué no funciono y de qué herramientas disponemos para generar alternativas funcionales que les ayuden a afrontar este reto como individuos y como familia.

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Elena Gómez

Elena Gómez

Diplomada en Trabajo Social por la Universidad Complutense de Madrid. Formada como Terapeuta Familiar y Perito Social. Tras ejercer como Trabajadora Social en distintos ámbitos de intervención, inicia su trabajo con menores en conflicto en 2009 en un Centro de Reeducación y Reinserción para Menores Infractores; posteriormente se incorpora el equipo de RECURRA-GINSO, donde actualmente ejerce como Trabajadora Social.

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