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Jóvenes Radicalizados

Tenemos jóvenes que no se sienten bien, que ocultan un vacío existencial. Ahora sin razón para vivir, tienen una para morir, porque la muerte los convierte en mártires.

Joven RadicalHay adolescentes violentos que buscan una causa donde poder vomitar su náusea. El «canto de sirena» llega desde la zona caliente, el foco de guerra. El territorio en expansión. El Daesh busca atraer jóvenes, ya lo ha conseguido en Ceuta, en Melilla, en Cataluña. Reclutan muyahidines y mujeres para enviar al califato.

Atraer la ferocidad de la batalla. La llamada desde la red, para convertirse en salvadores, para inmolarse por una causa. La llamada desde la zona del conflicto. Y es que el denominado “lobo solitario” no se encuentra aislado, se socializa en el contacto con terceras personas, en la relación con el captador, que lo embauca.

El ISIS es una realidad, el reverso de la libertad individual, de la cultura, la creatividad, el arte, la comodidad. Algunos de estos extremistas nacen en Occidente, pero ¿cuál es su sentimiento? ¿Se sienten distintos, desclasados, desintegrados?

Son jóvenes que se sienten humillados por la sociedad que les rodea, de segunda fila y el ISIS los sube al pedestal, los envía sin pasos previos al paraíso. Son fanáticos atraídos como por un imán que les garantiza una estructura militar, machista, con criterios estratégicos. No conocen la compasión, el perdón, la duda. Vence el más psicopático, el más cruel.

Se le inocula una renovada motivación al logro, un sentimiento de victimización y de opresión irrefrenable (obviamente subjetivo), de desresponsabilización, se le controla minuciosamente la vida personal y familiar, y lo sumergen en un continuo balanceo entre el miedo y la esperanza; alcanzando finalmente un trastorno por evitación experiencial (“lo que Dios provea”).

Son jóvenes que se sienten humillados por la sociedad que les rodea, de segunda fila y el ISIS los sube al pedestal

Funcionan por células cuando están fuera del califato. La presión del grupo, el sentimiento comprometido de «hermanos». Sentimientos de inclusión por pertenencia. Convicción de que no hay vuelta atrás. Obediencia debida. Añádase excitación, anticipación, la efímera fama, el reconocimiento solidario del otro, la llamada de los vídeos violentos en la red, de las noticias de los medios. Sí, efecto llamada.

También “se cuecen” en las mezquitas, donde se les explica lo que es ser un “buen musulmán”, se genera una relación personal, se les inducen las recompensas futuras; tras su muerte “heroica”; se les aproxima el paraíso, el dinero, las mujeres.

Se les “programa” la mente tanto cognitiva como emocionalmente. Primero se lleva a cabo la alienación anímica, seguida del adoctrinamiento para finalizar con la desinhibición hacia la violencia; aspecto clave.

Los actos terroristas sirven de publicidad, la captación se centra en jóvenes con unas características previas como el sectarismo, el fatalismo o la no aceptación de la incertidumbre. A veces son sus propios padres quienes los envían.

No se dude, buscan la venganza, posicionados idílicamente como «David contra Goliat», la inmensa mayoría, aparte de psicopatologías reseñables puntúan alto en psicopatía. Buscan convertirse en superhéroes, atraídos por grupos extremistas que les aportan identidad, sentimiento de grupo, de pertenencia. La extracción es variada, desde musulmanes jóvenes que se perciben subjetivamente discriminados por los gobiernos occidentales donde vive; en territorio hostil; a los que consideran atacan a sus ancestros, a criminales que se radicalizan y convierten en la cárcel, pasando por jóvenes desnortados y desesperanzados.

La violencia extrema, salvaje, de la barbarie, de la crueldad, se convierte en elemento de radicalización per se.

Compartir valores sagrados y sentirse fusionado con un grupo conlleva a procesos de radicalización y extremismo como dar la vida por la causa o matar públicamente a la madre por oponerse a sus creencias. Estos jóvenes diluyen su «yo personal», en el grupo, consideran a sus miembros como hermanos. Sus lazos relacionales son estrechos e irrevocables. La fusión de identidad hace que el yo y el grupo se vivan como iguales. No son pocas las ocasiones en que se utilizan los ritos de paso traumáticos, cuya función primordial es estrechar los vínculos entre los miembros del grupo.

Debemos prevenir que los jóvenes sean abducidos por la sacralización extremista. Tenemos la responsabilidad de educar en la autoeficacia, en la metacognición, en la autonomía psicológica, en el compromiso con los problemas propios y con su resolución.

Nuestros niños y jóvenes necesitan que fomentemos en ellos el locus de control interno, que les enseñemos la importancia de la coherencia personal; del pensar, del decir y del hacer; de reflexionar. Precisan que les inculquemos valores trascendentales que les faciliten el autoconocimiento y el autodominio, que promovamos en ellos la formación académica, pero también que los instruyamos para desarrollar la resiliencia, y es que afrontar los reveses y contrariedades de la vida no siempre es sencillo.

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Javier Urra Portillo

Javier Urra Portillo

Dr. en Psicología con la especialidad de Clínica y Forense. Dr. en Ciencias de la Salud. Pedagogo Terapeuta. Psicólogo en excedencia voluntaria de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y de los Juzgados de Menores de Madrid. Embajador de la Asociación Iberoamericana de Psicología Jurídica. Profesor en Psicología (U.C.M.). Académico de Número de la Academia de Psicología de España. Patrono de la Fundación Pequeño Deseo. Presidente de la Comisión Rectora del programa recURRA-GINSO para padres e hijos en conflicto. Presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-parental (SEVIFIP). Escritor. Contertulio en Medios de comunicación. Primer Defensor del Menor.

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